Los esqueletos de animales encontrados en la sima de Kiputz nos cuentan cómo era nuestro entorno en la última glaciación

15/11/2019

Durante la última glaciación, la cornisa cantábrica tenía poco que ver con la que hoy habitamos. Para conocerla mejor, ha sido de gran valor el estudio de los huesos de animales hallados en la sima de Kiputz, en Mutriku (Gipuzkoa), que se convirtió en una trampa en la que caían los animales por su disposición engañosa.

La exposición Kiputz. Un abismo en la Prehistoria, que se podrá visitar en el Museo San Telmo desde el 16 de noviembre de 2019 hasta el 9 de febrero de 2020 y posteriormente en el Museo de Altamira, está organizada por ambos museos, Gordailua y la Sociedad de Ciencias Aranzadi. Pedro Castaños y Xabier Murelaga han sido los comisarios.

La muestra nos acerca a aquel paisaje desaparecido a través de esqueletos de reno, ciervo y bisonte -destaca un cráneo de este último animal que está casi completo y que es único en la península-, así como una reproducción del friso de Altamira en el que se aprecia un espectacular bisonte.

Los restos se recuperaron en cuatro campañas de excavación realizadas por un equipo multidisciplinar de la UPV/EHU, la Sociedad de Ciencias Aranzadi y Munibe Arkeologia Taldea del 2004 al 2007 para recuperar miles de huesos de animales prehistóricos y así obtener datos de cara a la reconstrucción del clima dominante durante la última glaciación.

Además, la obra Todo lo sólido se desvanece en el aire II (2014) de Jesús Mari Lazkano nos ayuda a situarnos en el ambiente gélido, junto con las líneas del tiempo y batimetrías, acompañadas con las explicaciones del trabajo científico que se ha llevado a cabo.

UN TERRITORIO ESTEPARIO

Durante el Pleistoceno (2.59 millones de años – 10 000 años antes del presente) el clima oscilaba entre periodos cálidos y fríos, alterando los ecosistemas y la distribución geográfica de las especies que habitaban el planeta.

Así, durante la última glaciación (110 000-10 000 años antes del presente), la cornisa cantábrica era una gran estepa donde pastaban animales imposibles de encontrar hoy en día en nuestras montañas: renos, rinocerontes lanudos, bisontes esteparios, mamuts (gigantes criaturas que coexistieron con el ser humano pero que fueron desapareciendo a medida que el clima se templaba).

Pero, ¿cómo sabemos que estos animales habitaron nuestro territorio? Los huesos preservados en el tiempo nos dan pistas del clima y la biodiversidad del último gran invierno.

La reminiscencia de este gélido pasado es tenue. Por aquel entonces, el mar se encontraba unos 18 kilómetros más alejado de la línea de costa actual y lo que hoy es la plataforma marítima continental servía de inmensa estepa, a menudo cubierta de nieve y con una vegetación escasa, similar a la de países de latitudes árticas.

Si bien los vestigios de este paisaje son inapreciables hoy en día, disciplinas científicas como la paleontología y/o la arqueología nos abren ventanas a este pasado a través de análisis comparativos y biométricos. Escondidas en la orografía guipuzcoana, los mantos verdes ocultan cápsulas del tiempo que han permanecido inalteradas durante miles de años, ancladas en un invierno perenne, esperando a ser encontradas para revelar los secretos de un paisaje inimaginable en la cornisa cantábrica actual.

KIPUTZ. UN ABISMO LETAL EN LA PREHISTORIA

Un agujero. Una trampa. Una sima. El abismo donde animales incautos perecieron por un descuido, un simple traspié. La cueva de Kiputz se los tragó y permanecieron apilados durante miles de años: bisontes, renos, ciervos, leones, osos… todos ellos se precipitaron por esta trampa de seis metros y encontraron el mismo destino fatal.

El abismo de Kiputz IX (Mutriku, Gipuzkoa) ha conservado durante milenios restos de renos, ciervos y bisontes de la Península Ibérica, la mayoría de ellos de hace unos 20 000 años. La sima nunca fue habitada por el ser humano, era una trampa natural donde animales jóvenes e inexpertos encontraron su final.

Partiendo de los 18 296 fragmentos óseos encontrados, en Kiputz IX se han contabilizado los conjuntos paleontológicos más abundantes de renos y bisontes de toda la Península Ibérica, así como de ciervos. A menudo estos esqueletos se han recuperado casi completos y unos pocos incluso en posición anatómica, es decir, en la misma postura que adoptaron antes de morir.

La ausencia de depredadores en el origen de este yacimiento ha permitido que la mayoría de huesos se conserven enteros por no haber sido objeto de consumo. Además, al no haber existido ningún tipo de selección, el contenido de Kiputz IX refleja con mayor fidelidad la fauna del entorno y por tanto las condiciones de este ecosistema durante el Último Máximo Glaciar.

Reno (Rangifer tarandus). El reno es una especie adaptada a climas fríos y paisajes abiertos que actualmente habita cerca del círculo polar, pero que durante el Pleistoceno Medio y el Superior ocupó buena parte de Europa. Hace 18 000-20 000 años la presencia de este herbívoro en la cornisa cantábrica alcanzó su punto álgido.

Ciervo (Cervus elaphus). El ciervo suele ser la especie más abundante en la mayor parte de las cavidades habitadas por grupos humanos de cazadores – recolectores. Este herbívoro sigue habitando nuestro continente, siendo una de las pocas especies que sobrevivió a la extinción de fauna del Pleistoceno. En Kiputz IX se han recuperado restos de al menos 43 ciervos, muchos de ellos crías, lo que indica que la inexperiencia pudo ser un factor importante en la caída de algunos animales en esta sima.

Bisonte estepario (Bison priscus). El bisonte estepario es una especie desaparecida al final de la última glaciación que ocupó la mayor parte de Europa durante milenios. Kiputz IX ha proporcionado la muestra más abundante de este animal en la Península Ibérica, ya que se han recuperado, al menos, restos pertenecientes a 18 individuos distintos.

La pieza más singular hallada en Kiputz IX es un cráneo prácticamente completo de bisonte estepario (Bison priscus), único en toda la Península Ibérica y que se encuentra entre los ejemplares mejor conservados de esta especie en el Occidente de Europa.

El bisonte, un macho adulto de unos 900 kilos de peso, con una cornamenta que sobrepasaba el metro de envergadura entre ambos pitones, cayó a la sima y probablemente murió de inanición. Para recuperar este cráneo en su integridad, y debido a su frágil estado de conservación, se cubrió la pieza mediante un soporte de escayola que protegiese los huesos durante la extracción.

“Son los bisontes, dije. La palabra no había pasado nunca por mis labios,

pero sentí que tal era su nombre. Era como si nunca hubiera visto,

como si hubiera estado ciego y muerto antes de los bisontes de la aurora.

Surgían de la aurora. Eran la aurora”. (Jorge Luis Borges. “El advenimiento” 1972)

Y luego, impresionado como Borges, el artista pintaría a estos seres imponentes con toda su fuerza y poderío. En rojos y negros, arañando la pared para hacer salir el blanco de la roca, crearía las obras de arte más auténticas y genuinamente humanas de nuestra historia.

El Arte de la Prehistoria es, ante todo, el reflejo de un universo natural que desapareció hace 10 000 años. Renos, bisontes y otros animales como caballos, ciervos y ciervas o cabras montesas fueron algunos de los temas que se representaron con mayor frecuencia. Muchas han sido las teorías que han intentado dotar de significado a este Arte milenario, pero lo cierto es que nunca sabremos qué quisieron expresar los artistas paleolíticos, ni cuáles fueron sus motivaciones para pintar y grabar estas figuras… solo sabemos que… fueron geniales.

Hace 14 500 años, el techo de la cueva de Altamira se pobló de bisontes. Donde antes hubo caballos y ciervos, ahora estaban ellos, formidables, emergiendo de la roca, aprovechando las grietas y los relieves para dar volumen a cada figura. La maestría de los artistas se refleja en la aplicación de los colores, en los juegos de luces y sombras y en la perfección de los detalles anatómicos.

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